Dentro de la cabeza de la anciana había algo pequeño y negro. Era la huella de la envidia de alguien muy cercano. ¿Quién fue?
En la mano de Zoé apareció una pequeña esfera negra, del tamaño de un chícharo. Tan oscura que parecía absorber la luz de la habitación.
Pero lo más aterrador no fue lo que Zoé sacó de la cabeza de Doña Margarita… sino descubrir QUIÉN lo había puesto ahí.
Parte 2: la traición estaba dentro de la casa.

—Es un trabajo —dijo Zoé—. En mi tierra le dicen “la piedra del envidioso”.
Alejandro se quedó sin aire.
—¿Quién haría algo así?
Zoé negó lentamente.
—Alguien cercano.
Abrí la ventana y lanzó la esfera lejos, como si quemara.
Doña Margarita respiró profundamente. Por primera vez en semanas.
—Ale… —susurró—. Hijo… siento paz.
Alejandro lloró sin vergüenza.
Lo que vino después fue verdad.
Cámaras.
Registros.
Correos borrados.
El culpable era Esteban Leal , su director financiero. Su amigo. Su “hermano”.
Había pagado a una curandera.
Había entrado al cuarto de Doña Margarita de madrugada.
Había escrito:
“Cuando la señora ya no esté, él firmará lo que sea.”
Alejandro sintió que algo se rompía para siempre.
Esteban fue arrestado.
Doña Margarita sanó.
Zoé se quedó.
Y Alejandro aprendió la lección que el dinero nunca pudo comprar:
El mal no siempre llega con violencia.
A veces llega en silencio…
y solo los humildes saben verlo.