PARTE 2
Su mirada… no mostraba pánico.
No había sorpresa AU.
Era… fría.
Distante.
Como si yo fuera una completa desconocida.
Sentí que el corazón se me apretaba.
—¿Tú…? —mi voz tembló, casi no salió.
El hombre se quedó inmóvil unos segundos. Sus ojos recorrieron mi rostro… como evaluando, como tomando una decisión.
Luego habló:
—Señora, creo que se equivoca.
Una frase simple. Educada. Pero… cruelmente distante.
Negué con la cabeza, con lágrimas en los ojos.
—No… no puede ser… eres tú… —di un paso hacia él—. Tú… eres Javier… mi esposo…
En cuanto pronuncié su nombre… algo cambió.
Muy rápido.
Muy sutil.
Pero lo vi.
Sus pupilas se contrajeron.
Una reacción instintiva.
Él conocía ese nombre.
Sin duda.
—No sé de qué está hablando —respondió, esta vez con voz más baja—. Nunca la he visto.
Mi corazón latía con fuerza.
—¡¿Y esa cicatriz entonces?! —casi grité, señalando su sien—. Te la hiciste trabajando… tú mismo me lo dijiste…
“¡Basta!
Me interrumpió. Por primera vez, perdió el control.
El aire se volvió pesado.
Nos quedamos en silencio, mirándonos.
Luego… suspiró.
PARTE 3
Un suspiro que conocía demasiado bien.
Demasiado.
Miró alrededor. La calle estaba vacía.
Finalmente, dijo en voz baja:
—No debería estar aquí.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo.
—¿Quién eres? —pregunté.
Me miró directamente.
Esta vez… sin huir.
—Si quiere seguir viviendo tranquila… olvide lo de hoy.
El silencio se alargó.
Negué con la cabeza.
—No. Yo te enterré. Lloré por ti. He vivido como una sombra estos cinco meses. No puedes aparecer así… y pedirme que lo olvide.
Mi voz se quebró.
Apretó los puños.
Podía verlo.
Estaba luchando.
Entre decir la verdad… o seguir mintiendo.
Finalmente…
Abrió la puerta.
Y volvió a mirarme.
—Entre.
La puerta se cerró detrás de mí con un “clic” seco.
Adentro estaba oscuro y frío. Un olor a humedad mezclado con metal me incomodó.
Encendió la luz.
La tenue iluminación reveló una habitación pequeña… pero lo que me dejó sin aliento no fue el lugar.
Fue la pared.
Llena de fotos.
Fotos mías.
Fotos nuestras.
Fotos de él.
Algunas antiguas. Otras recientes. Algunas tomadas a escondidas.
Mi corazón se detuvo.
—¿Qué… es esto…?
Me giré hacia él.
Estaba allí. En silencio.
Ya no negaba nada.
Ya no huía.
Solo quedaba… la verdad.
—Nunca morí —dijo.
Mi mundo… se derrumbó por tercera vez.
—…¿Qué?
—El funeral fue real. Pero el hombre dentro del ataúd… no era yo.
Sentí un zumbido en los oídos.
—¿Por qué…? —susurré—. ¿Por qué me hiciste esto…?
Cerró los ojos por un segundo.